
Amo el dulce por encima de todas las cosas. En mi opinión, el azúcar es la verdadera "sal de la vida". Ahora que he empezado un régimen por enésima vez, soy consciente de que desde el inicio, la batalla está perdida.
El placer de subirme a la báscula cada mañana para ver menguar los dígitos, empieza a darme menos satisfacción que la posibilidad de tomar un buen chocolate hecho.
Cada mañana, cuando voy a la panadería a comprar el pan que ya no como, hay unos bollos dentro de la vitrina que me provocan. Lo sé, sólo yo los oigo, pero entre burlas me preguntan cuanto tardaré en caer, yo finjo que no me importa, pago el pan y me doy la vuelta.
Desde que tengo hijos he vuelto a descubrir el placer de la nocilla, ahora no, claro, pero hasta hace unos días me comía los restos que quedaban en el cuchillo, y si no eran suficientes, volvía a untarlo otra vez. Después miraba las calorías que tiene la nocilla por cada 100 gr. y una sensación de culpa de 5 segundos invadía mi alma.
No sabría decir que es lo que mas me gusta..., digamos que hay un dulce para cada ocasión. La repostería me relaja y es mi gran afición. Adoro las tartas y los pasteles. Prefiero la nata a la crema, aunque a todo le hago aprecio. La bollería, los postres caseros, los bizcochos, las magdalenas, los merengues, las yemas, las pastas, los hojaldres, las palmeras de chocolate y las gominolas son mi perdición. El chocolate que mas me gusta es el que se materializa en bombón, y si tiene avellanas o almendras todavía mejor. Cuando abro una caja de bombones, primero me como los que mas me gustan, luego los que me gustan menos, y tras abrir y cerrar la caja unas cuantas veces, desaparecen todos.
Eso sí, odio el "after eight", mezclar la menta con el chocolate me parece una monstruosidad. Tampoco me gustan las frutas confitadas aunque las recubran del mejor chocolate. Una de mis mayores debilidades aunque a muchos pueda sorprenderles, son "los huesos de santo". De una sentada me como una bandeja entera. Cuando se aproxima noviembre y al pasar por una pastelería los veo, empiezo a sonreir, y siempre me pregunto: ¿Bandeja pequeña o grande?.
Para mí, cualquier restaurante que se precie, tiene que tener buenos postres. Porque yo por muy llena que esté, siempre tengo un hueco en el estómago para él. Cuando llega la camarera con la libreta amarillenta y se limita a decir: Helado de vainilla, queso, fruta del tiempo y yogur, mi hueco del postre, se cierra en banda. ¿Y para decir eso tiene que apuntarlo?.
Sin embargo, cuando en la carta del restaurante los postres llaman mi atención, empiezo a imaginarme la comida en orden inverso.
Así que ante ustedes me confieso, el dulce es mi gran pecado, mi perdición. Yo no fumo, no tomo drogas, apenas bebo y no tengo vicios, pero eso si, confieso haberme comido las gominolas de mis hijos en mas de una ocasión... pero es por su bien ¿eh?..., eso que quede claro.
Vaya, pues en eso somos bien distintas, Rachael. No me gusta el azúcar ni la repostería en general, y el café lo tomo solamente con leche. Eso sí, me encanta el chocolate, pero te horrorizará saber que los after-eights son de mis bombones preferidos.
ResponderEliminarEn lo que te doy la razón es en lo de las frutas confitadas, son lo más malo que he probado nunca!!.
Un beso.
Orquídea, tienes mucha suerte si no te gusta el dulce. O según como se mire, también puede que te estés perdiendo un auténtico placer...
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